Publicado el 01-04-2025 en UCC

“Mi viaje a Malvinas”

En el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas compartimos el relato de nuestro graduado Iván Ambroggio, sobre su emotiva experiencia en las Islas.

Por Iván Ambroggio*

Tras publicar dos libros sobre la Guerra de Malvinas y presentarlos en distintos lugares, en el año 2019 recibí una invitación del entonces embajador José Octavio Bordón a la Embajada Argentina en Santiago de Chile. Luego, la empresa LATAM me ofreció un viaje gratuito a las Islas Malvinas como reconocimiento a mi trabajo. Era mi chance de pisar ese suelo y rendir homenaje a los argentinos que dieron su vida por nuestra soberanía. Así empezó una semana que marcó mi alma para siempre.
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El 12 de octubre de 2019 llegué a Mount Pleasant, a 55 kilómetros de Puerto Argentino. El frío cortante y la presencia militar me golpearon de entrada, y me recordaron la historia y la tensión de las islas. Me instalé en un alojamiento simple, típico de una comunidad de poco más de tres mil habitantes, con puertas abiertas y conexión limitada a internet. Entre octubre y marzo, el turismo cobra vida y atrae visitantes de todo el mundo.

Caminé por la costanera y vi monumentos británicos, como una estatua de Margaret Thatcher, que me dolió en lo más hondo. Pero en Monte Harriet sentí el verdadero peso de la guerra. Bajo un frío de 15 grados bajo cero, vi trincheras y camillas destrozadas. Imaginé el sufrimiento de nuestros soldados mientras el viento parecía susurrar sus voces. Les ofrecí un homenaje silencioso, cargado de orgullo y tristeza.

En Monte Longdon, después de caminar 12 kilómetros, entendí la resistencia de nuestros combatientes frente a un enemigo implacable y un clima brutal. En Puerto Argentino, los restos de un helicóptero y las trincheras marcadas por explosiones me llevaron directo a esas batallas. Cada paso fue un eco de su sacrificio.

Visité el Museo de las Islas, donde la versión británica del conflicto destaca el agradecimiento de los isleños al Reino Unido y su supuesto derecho a la autodeterminación. Lo rechacé de plano: este principio no aplica a una población trasplantada por el Estado usurpador.

El Cementerio de Darwin fue un golpe al corazón. Las lápidas de nuestros héroes, con rosarios agitados por el viento, creaban una escena de una solemnidad desgarradora. Recorrí cada tumba, pensando en sus familias, y me fui con lágrimas en los ojos, dejando un pedazo de mí en ese rincón austral.

En Goose Green, donde aún rechazan a los argentinos, viví hostilidad y algo de amabilidad. Exploré posiciones argentinas en el “teatro de operaciones” no contempladas en excursiones tradicionales, lo que amplió mi mirada sobre la guerra. En Puerto Argentino, la gentileza de algunos contrastaba con el desprecio de otros. En el bar "Victory", una foto insultante de Galtieri muestra el rencor que todavía late.

Noté problemas sociales: alcoholismo, racismo, minas activas desactivadas por trabajadores de Zimbabue.

La vida en las islas es dura: frío, viento, casas de madera, construcciones mínimas de rutas, energía eólica y xenofobia. El aislamiento pesa en la educación y la salud; para urgencias médicas, las personas son trasladadas a Chile o a Inglaterra. Por esta razón exigen un seguro médico caro para ingresar.

Al despedirme, miré las islas desde el avión. Me persigné con una mezcla de satisfacción y angustia: satisfacción por haber honrado a los caídos, y angustia por la incertidumbre del conflicto vigente de soberanía. Estoy convencido de que cuando los costos de la desalinización del agua de los océanos sean más bajos, el interés británico por las islas disminuirá, y los argentinos regresaremos a Malvinas sin pasaporte.


*Iván Ambroggio es licenciado en Relaciones Internacionales por la UCC, especializado en Defensa, en EE.UU.; magíster en Smart Cities. Autor del libro “Malvinas”. Docente universitario, investigador y consultor.

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