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Reflexión pascual a cargo del Rector

Publicado el 21/04/2014 en Institucional

“Vio y creyó” (Jn20. 1-9)

La paz y la alegría dependen de la mirada desde el interior que cultivamos.

Creer es un regalo de Dios que necesita ser aceptado libremente. La fe es fuerza y sentido para comprender el pasado. Cuando comprendemos desde la fe podemos caminar en el presente desde el Resucitado. Jesús se hace nuestra paz. Aprendemos a mirar a los demás y lo que sucede desde Él porque Él es el principio de nuestro triunfo, de la resurrección personal y comunitaria.

Todo hombre elige cómo comprender su pasado con mayor o menor libertad. Algunos deciden entender y afirmar lo vivido desde el odio y la venganza, como el que nació en un contexto de guerra y no puede salir de ahí; otros desde el orgullo, como quien se tiene en más que los demás y todo lo que atente contra su situación de privilegio es algo desordenado y aborrecible; o desde el miedo, que no permite tener experiencia de sosiego porque todo fue y es amenaza; o la idealización de un pasado que quizás existió en parte pero que es anhelado como un todo tan inmaculado como irreal; etc. Todas esas pasiones e ilusiones son muy comprensibles humanamente, pero no son justificables, no dejan crecer la fe.

Porque la fe es llamada de Dios en la situación concreta. Dios desea hacerse presente en la historia personal y comunitaria como la vivo hoy. La fe puede poner en su lugar las tensiones de una historia no bien vivida sea por exceso o por defecto. La fe da sentido a lo que duele, a la desilusión, al desengaño. La fe sana porque da una clave de sentido distinta a la de nuestras pasiones no transformadas por el Espíritu del Señor Resucitado.

Jesús sana ayudándonos a aceptar “tenía que cumplirse todo lo que estaba dicho en le Escritura”. No significa que todo mal pasado debía suceder. Dios sólo soporta el mal por respeto a la libertad. La fe en el Resucitado nos enseña que el mal no tiene la última palabra. Aquí está nuestra esperanza en la lucha contra el pecado y la muerte. Aquí está lo inseparable del dolor del viernes santo con la alegría de la Resurrección.

El que acepta renacer desde la fe en el Resucitado puede animarse a leer la propia historia desde una luz distinta. Desde la luz que reconoce lo que está mal pero no se cierra en el rechazo a Dios sino que se deja impulsar por la búsqueda. El Resucitado trabaja en nosotros impulsándonos a nuevas búsquedas. El Resucitado nos abre al futuro impulsándonos a creer, a ver de un modo diferente el presente.

“Si han resucitado con Cristo busquen las cosas del cielo” ¿Estamos invitados a vivir como si no fuéramos responsables de las cosas de la tierra? De ninguna manera. Para entender la buena noticia hay que ver (contemplar) cómo vivió Jesús. Cristo “busca las cosas del cielo” cuando caminando en medio de la multitud, en la vida cotidiana, se compadece por un ciego o un paralítico; cuando muestra su creatividad en las parábolas del Reino; cuando muestra su enorme capacidad de comprender las necesidades de su entorno (“están como ovejas sin pastor”; “dénle ustedes de comer”, etc.); cuando celebra la revelación de las verdades a los pequeños; cuando señala un camino de felicidad en medio de dificultades con las Bienaventuranzas; etc.

Que el tiempo pascual nos ayude a revisar nuestras miradas del pasado; las pasiones del presente y la invitación a levantar la mirada que nos hace el Señor. Sólo si decidimos dejarnos transformar podremos vivir la paz y la alegría de la Pascua. Porque la vida nueva del Señor es el principio de nuestra vida en el Espíritu. Sólo si hoy me decido a dejar crecer la fuerza del Resucitado me estaré preparando para el encuentro definitivo. Sólo si dejo que la fuerza del Resucitado me impulse, encontraré el mejor modo de compartirla. Compartiendo, mi paz se acrecentará y seré, con más facilidad, testigo de la alegría.

Desde la mirada creyente del evangelista San Juan les deseo muy felices pascuas.

P. Alfonso José Gómez, sj
Rector
Universidad Católica de Córdoba

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