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Vivir con ingenio y afecto

Publicado el 10/04/2020 en Institucional

"No basta que seas un servidor… te haré luz de las naciones para que mi salvación llegue a los confines de la tierra." (Is 49, 6)

Dejar que el Espíritu Santo nos aumente la fe en la Semana Santa vivida en familia durante nuestro "aislamiento social" tan conectado virtualmente para muchos es un desafío espiritual. Por eso, invito a un simple ejercicio: usar la memoria, la inteligencia y la voluntad con el recuerdo de un impacto del Señor durante la contemplación de su Pasión. Y que desde ahí saquemos algún buen propósito pertinente para nuestro tiempo de llamado a entrega y generosidad en medio abundantes incertidumbres.

Traer a la memoria alguna vivencia reciente o de infancia es sano. Por ejemplo, hace poco un profesional recordaba cuando con menos de 12 años fue invitado, sin esperarlo, a sostener uno de los dos candelabros con los que se suele acompañar a la Cruz en el Vía Crucis del Viernes Santo.

Tenía presente las pinturas realistas y, sobre todo, el deseo de "estar contigo, de no abandonarte, Señor". Como petición de niño, como visita de Dios que invita a estar con su Hijo, a ser otro Cireneo que ayuda, u otro San Juan, es decir, un discípulo que se sabe amado, junto a la Cruz. Los recuerdos son constantemente reelaborados en la vida, alimentan, hay recuerdos positivos que nos alientan y sanan de muchas maneras.

La inteligencia nos puede ayudar a ponderar lo recordado, nos puede llevar a comprender que Dios visita en lo imprevisto. Como cuando un sacerdote lo invitó a tomar un candelabro y desde allí se generó una experiencia espiritual capaz de ser recordada y dar fruto casi medio siglo después; o cuando nos visita en el contexto de lo inimaginado de una pandemia y sus consecuencias. Porque no se trata sólo de quedarse cerca del Señor sino también de dejarse transformar por su cercanía. Que acompañar al Señor en su dolor nos enseñe a acompañar a otros; que acompañar al Señor en su dolor nos enseñe a comprender mejor las situaciones de dolor; que acompañar al Señor en su entrega por amor a la humanidad nos enseñe también acerca de cómo amar más.

La voluntad, como bien comprende el modo de proceder ignaciano, no se mueve sólo por deseos o intenciones. La voluntad que tanto atiende a los afectos crece con las decisiones internas que favorecen las grandes decisiones de la vida. Decisión interna es no sólo decirle a Dios en la oración que deseamos seguirlo sino pedirle ayuda para hacerlo. Decisión es convencerse que cuando ayudo a mi semejante a cargar su cruz, sea de dificultad de salud, económica o de ánimo, ayudo al Señor que dio su vida por cada uno de nosotros, ayudo a que Cristo continúe en sus discípulos su entrega a la humanidad.

Que el Señor nos ayude a verlo y vivirlo como servidor y nos enseñe a captar la "luz" del mensaje que nos dejó con su vida en Nazareth; su anuncio del Reinado de Dios; su decidora Pasión y la luz de la Resurrección que deseamos nos facilite encontrarlo también en el tiempo presente, como Luz de nuestras vidas y en cada desafío; como Luz de "las naciones" en las preocupaciones que compartimos con toda la humanidad.

Que el Señor sea la Luz que nos ayude a dar lo mejor en el encuentro con quienes asistimos y entre nosotros. Que el Señor sea la Luz que nos ayude a renovar cada día nuestra vocación de entrega. Que el Señor sea la Luz que nos facilite los tiempos desafiantes que deseamos vivir con "ingenio y afecto" gracias al Espíritu que Él nos da.

 

Dr. Alfonso José Gómez, S.J.
Rector

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