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Aporte de la UCC a la CRES 2018

Publicado el 15/06/2018 en Institucional

Autoridades nacionales y de países hermanos; Rectores; Vicerrectores y Decanos; Docentes universitarios y participantes, muy buenos días.

El Foro de Rectores de Córdoba, que convoca a las Universidades de gestión pública y de gestión privada de nuestra provincia, realizó un aporte para la III Conferencia Regional de Educación Superior que invita a las Universidades de América Latina y el Caribe a asumir compromisos de Responsabilidad Social Universitaria. El documento, firmado durante una Jornada de reflexión el 12 de abril recibió la adhesión de prestigiosas redes y Universidades.

Como miembro del Foro de Rectores de Córdoba, invito a los participantes a sumar su adhesión a nuestra Declaración. La misma puede encontrarse en la red con un buscador citando “Declaración final pre cres 2018” o Foro de Rectores de Córdoba RSU.

Recurriré a una imagen para señalar la importancia del tema y luego la relacionaré con la citada Declaración. La Responsabilidad Social Universitaria no es, a mi entender, un “órgano más” o una oficina dentro de la Universidad, sino que se parece a nuestro sistema inmunológico. A un dinamismo que trabaja todo el tiempo para la defensa de la vida ante agresiones o deformaciones externas o internas e interesa a todos los órganos.

Así como los virus y las bacterias cuando invaden o se desordenan producen infecciones, la Universidad sufre ataques que afectan a su salud institucional y debilitan su servicio. La Universidad comparte y debe atender a muchas debilidades o deformaciones con el conjunto de la sociedad como, por ejemplo, el individualismo; la insensibilidad o la indiferencia. La falta de transparencia en el uso de los recursos o en las verdaderas motivaciones de las decisiones; o la falta de coherencia entre lo que dice la propuesta institucional y el modo de obrar cotidiano.

Cada universidad, según su misión, visión y características particulares está llamada a generar su propio “sistema inmunológico”; su proyecto de Responsabilidad Social Universitaria que canalice la decisión participada de todos los actores por corregir y mejorar su compromiso con el bien común local, regional y planetario.

Contamos con nuevas herramientas para medir impactos educativos, de producción y transferencia de conocimiento, organizacionales y socio-ambientales. Podemos hacer encuestas; encontrar tendencias mediante algoritmos y comunicarnos mediante eficientes tecnologías como nunca antes.

Sin embargo, sólo una pasión comprometida que ponga a la persona humana en el centro logrará la vitalidad que buscamos con el enfoque de Responsabilidad Social Universitaria para toda Universidad. Solo un gran deseo de coherencia logrará  las síntesis que requieren los modos de enseñar e investigar; de organizarse y de hacer prácticas concretas de nuestro tiempo.

Cuanto más claro sea el para qué o para quién de lo que enseñamos e investigamos mejor podremos inflamarnos a nosotros mismos y encender, para bien, a otros. Sólo un gran amor a la verdad nos dará la fuerza para insistir en la medición de impactos comparados que permitan constatar avances, estancamientos o retrocesos, con el fin de generar una cultura de la rendición de cuentas y de la honestidad.

Como ven, gran parte del logro buscado depende de las decisiones profundas que mueven nuestra comprensión de la Universidad. Opciones que nos hacen más capaces de cercanía con las situaciones de los demás, más capaces de la empatía que da lucidez para asumir las responsabilidades de cada momento y de cada tiempo.

Pero ¿cómo hacer para crecer en Responsabilidad Social Universitaria? ¿Cómo hacer para crecer en los valores que eviten las “infecciones” que deseamos rechazar? ¿Cómo hacer para cuidar la salud lograda o mantenernos en el nivel de compromiso deseado?

Así como el “sistema inmunológico” mejora su funcionamiento con el cultivo de los buenos afectos, buenos hábitos de convivencia; la buena alimentación y el ejercicio físico. Nuestra perspectiva de Responsabilidad Social Universitaria se desarrolla gracias a una conciencia de la necesidad de hacernos cargo desde la Universidad de la complejidad concreta del tiempo presente; “formación integral y ética (sentido de la vida)”; generar espacios de encuentro desde la universidad, especialmente, “experiencias vivenciales que favorezcan el contacto con la realidad social”.

Educar para hacerse cargo de la realidad concreta genera dinámicas enormemente positivas. Se trata de un llamado a la multidisciplinariedad y a la transdisciplinariedad. Se naturaliza el trabajo colaborativo y en equipo. Se invita a la humildad ya que se tiene más claro el límite de las ciencias en particular. En la cosmovisión cristiana, hacerse cargo es amar, centra a uno de los sentimientos más positivos y transformadores de la persona humana.

La educación para ser protagonista; responsable activo o líder tiene una enorme fuerza formativa. La conciencia de que en algún momento la responsabilidad, la última palabra y la consecuencia de la acción depende de la persona, es algo para lo que será necesario preparar.

No sabemos exactamente cómo serán muchos de los trabajos del futuro, pero sí sabemos que el poder de la técnica necesita de personas muy conscientes de la complejidad humana individual y social que debe ser respetada.

La pasión y el respeto por la complejidad concreta es uno de los campos en los que las personas mostramos la salud de nuestros afectos. Allí se logran reacciones positivas como la aceptación de los demás; el deseo de cuidar a la parte más débil de la sociedad; la incomodidad ante las injusticias o las inequidades; etc.

“La formación integral y ética” se opone a conformarse con una instrucción parcializada y carente de comprensión de la persona humana como un ser social que no se comprende a sí misma y a los demás sin una relación con los entornos vitales que permite el desarrollo del individuo.

La formación integral considera todas las dimensiones de la persona humana sin pretender que una anule o desprecie a las otras. La formación integral buscará que tengamos a los profesionales más hábiles en las distintas técnicas y, a la vez, a las personas más capaces de orientar a dicha técnica a favor del conjunto de las necesidades de la persona.

Sólo una formación integral hará que nuestra sociedad, con tantas dificultades para ordenar numerosas adicciones, reciba de los universitarios el ejemplo de equilibrio que ayuda a ordenar las desmesuras que nos rodean, atrapan y, con frecuencia, estropean liderazgos positivos.

La necesidad de una formación ética en toda universidad es cada vez más evidente. Primero, porque responde a la clarificación del sentido de la vida de estudiantes y profesores. Realidad vital en un mundo en el que el desarrollo tecnológico cada vez nos da más posibilidades sobre la vida propia y la del prójimo. Segundo, porque educar en ética es educar en los caminos de convivencia que permitirán la inserción armónica del profesional en el entorno local y planetario en el que todo humano está llamado a realizarse y tercero, porque de la fortaleza ética dependerá mucho del tipo de realización profesional que tengan nuestros egresados. Lamentablemente, la sofisticación del crimen organizado necesita, cada vez más, de profesionales y hasta de investigadores. Solo la fortaleza ética de las futuras generaciones nos augura que el poder de la técnica sea orientado para bien de todos y no de unos pocos.

La Universidad no podrá ser eficiente en los campos recién señalados si no logra procesos de comunicación que impacten en la vida de los jóvenes. Contamos con asombrosos medios de comunicación auditiva y visual. A la vez, vivimos en una época de aislamiento; aturdimiento y contaminación visual que dificulta la comunicación.

La Universidad también debe estar abierta a nuevas propuestas pedagógicas en la transmisión de conocimientos. La ciencia dio enormes avances a partir de la experiencia. La conciencia humana en general también está llamada a nuevos aprendizajes a partir de la experiencia con conciencia crítica; con capacidad de atender a contextos; complejidades y, sobre todo, a la parte más débil de la sociedad.

Las experiencias que podamos hacer con nuestros alumnos y profesores en las que se ponga al servicio de las personas y grupos más vulnerables lo aprendido en la Universidad son espacios privilegiados de crecimiento. Principalmente, porque se hace experiencia de sectores concretos de nuestro contexto a los que los Universitarios muchas veces no se acercarían por sí mismos.

Toda experiencia humana implica un movimiento más o menos consciente de salir de sí para regresar con un dato, una vivencia, y una conclusión con diferente resultado según una enorme cantidad de elementos. Podemos aprender de experiencias de otros; podemos aprender desde la imaginación o la comprensión de un relato; podemos aprender desde una experiencia de laboratorio o una experiencia virtual. Sin embargo, las experiencias que ordinariamente más impactan en nuestras historias personales, son experiencias concretas de encuentros con personas.

Desde las experiencias de encuentros muchos consideramos que podemos generar la conciencia común que aliente a una responsabilidad social. La Universidad está llamada a ser lugar de encuentro, no solo entre profesores y alumnos; no solo entre investigadores y los problemas de la ciencia; sino también entre los problemas concretos de la sociedad con sus rostros sufrientes y los que estudian dominando el conocimiento.

La cercanía de los profesores y estudiantes con los problemas concretos de las personas y grupos vulnerables son el mejor espacio para aprender de la dificultad que presenta la realidad para ser transformada. La complejidad de la superación de las situaciones ligadas a la pobreza se viven de otro modo en el encuentro con personas concretas.

Generar espacios para que la Universidad pueda colocar su limitada capacidad transformadora al servicio de los más necesitados puede resultar una ocasión de enorme beneficio para los futuros profesionales y sus profesores. Un poco, por las habilidades prácticas que los estudiantes desarrollarán en el intento de aplicación de los conocimientos teóricos y, mucho, por la toma de conciencia acerca de la complejidad concreta que estamos llamados a asumir, cada uno en la medida de sus posibilidades, con el fin de aliviar el dolor o las necesidades de la parte más vulnerable de la sociedad.

La mayor conciencia social hace que ningún dolor ajeno nos sea indiferente. Muchos consideramos a la Universidad como un actor clave para el desarrollo de la región. La velocidad y la calidad de los progresos que logremos tienen relación con la calidad de los graduados de nuestras Universidades.

Considero, junto a un conocido pensador del siglo pasado, que el grado de desarrollo de un pueblo se puede ver en el modo en que cuida a su parte más débil. Creo que la Universidad en América Latina y el Caribe debería clarificar concepto de desarrollo para afirmar mejor su aporte al mismo. A partir de ahí podremos proponer un concepto más claro de calidad universitaria que tenga en cuenta nuestra propuesta de Responsabilidad Social Universitaria.

Los invito a terminar con una propuesta a la III Conferencia de Educación Superior de América Latina y el Caribe: que en las evaluaciones de calidad de los sistemas nacionales y en los “rankings” internacionales, también sea considerada la perspectiva de Responsabilidad Social Universitaria. Para ello, que generemos indicadores de compromiso social que alienten mejores experiencias; una cultura de la rendición de cuentas y una mayor coherencia personal e institucional.

Muchas gracias por su atención.

R.P. Dr. Alfonso Gómez, SJ


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